lunes, 17 de agosto de 2009

¡A la cama sin postre!

Estaba una mamá dando de almorzar a su pequeña Susanita, de dos años. A la mesa estaban también su otra hija, Carmen, de seis años, junto con su abuela.

La mamá intentaba que Susanita se comiera los pequeños trozos de carne que le había preparado, pero ésta los rechazaba con todo el vocabulario que era capaz de manejar:

- ¡No, carne no!

- Pues entonces, a la cama sin postre.

- ¡No, cama no!

Como la madre había terminado el primer plato, la abuela le preguntó:

-¿Te sirvo la carne?

- No, ahora no me apetece carne.

Casi sin pensarlo, la niña mayor, con ganas de bromear, dijo con voz de madre:

- Pues entonces, a la cama sin postre.

La madre, le echó una mirada furibunda y le espetó:

- La que se va a la cama sin postre eres tú, por contestar así a tu madre.

  *   *   *   *

De esta manera, Carmen comió la carne y se fue castigada a la cama, a matar el tiempo. Que el nuestro siempre es como el oro, pero el de los demás nada vale.

Susanita, viendo las orejas al lobo, comió la carne y después el postre. Y aunque no quería, terminó en la cama, porque necesitaba dormir la siesta.

La madre no comió la carne pero nadie la castigó sin postre ni hubo quien se volviera a atrever a enviarla a la cama.

La abuela, tras la carne y el postre, se fue a compartir el castigo con Carmen. Y a escondidas le llevó un poco de su postre.




Este es un cuento basado en hechos reales. Se han caracterizado los personajes y se ha cambiado la última frase del diálogo. Fue publicado por mí en ElTaller

© 2009, AFLastra 23:15 17 ago 2009 (UTC). Todos los derechos reservados.


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